Improvisando en el Teatro Karl Marx, de La Habana, durante la gala de Premiación del Cubadisco 2010
Miles, cientos de miles, tal vez millones, sean las décimas que yo he improvisado a lo largo de mi vida. Imposible recuperarlas, contabilizarlas. Comencé a improvisar cuando tenía 5 años (aún no sabía leer ni escribir) y no he dejado de hacerlo nunca. De esta forma, este espacio será, con mi memoria y la ayuda de muchos amigos, un intento por rescatar algunas décimas (y redondillas) que no se pudo llevar del todo el viento.
Y lo mejor será empezar por el principio.
Lluvia de versos y un niño enfermo
Dicen mis padres que lo primero que improvisé en mi vida fueron cuatro versos, no una décima, y no una redondilla, sino una cuarteta. Dicen mis padres que mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo, estaban discutiendo mientras yo miraba llover por la ventana. Dicen mis padres que Adriana, más pequeña que Raimundo, aunque mayor que yo, comenzó a llorar desesperada. Dicen mis padres que, sin venir a cuento, y sin bajarme de la silla desde la que miraba la lluvia, solté estos versos:
La tierra se está mojando
se está humedeciendo el mundo
porque Adriana está llorando
por las cosas de Raimundo.
Dicen mis padres que, "ipsofactamente", me llevaron al psicólogo. Dicen mis padres que el psicólogo dijo que yo tenia una rara e incurable enfermedad: era poeta.
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Otra de infancia: "Para firmarle un diploma"
La primera persona que me contó esta anécdota (y me la repitió muchas veces, junto a su amada Eloína) fue el Indio Naborí, el Maestro. Dice el Indio Naborí que él me conoció cuando hizo un viaje a la Isla de la Juventud (entonces Isla de Pinos) donde yo vivía, pero que me vio improvisar por vez primera (¡improvisar "de verdad", con pie forzado) en un homenaje que le dieron a Adolfo Álvarez, el Gigante de la Idea, en el teatro de la Antillana de Acero, en La Habana. Era 1975. Yo tenía 9 años. Dice el Indio Naborí que al Gigante de la Idea le iban a dar varios obsequios, flores y décimas improvisadas por los participantes en el homenaje, además, de un diploma firmado por el propio Indio. Dice el Indio Naborí que cuando llegó el turno de los pies forzados, cuando le pidieron que pusieran un pie forzado "al niño poeta", no se lo ocurrió otro verso que el circunstancial "para firmarle un diploma", ya que había tenido que pedir un bolígrafo prestado unos segundos antes. Dice el Indio Naborí que sonaron las cuerdas y que al momento yo arranqué, "como una saeta":
Para cantarle al Gigante
yo traje de Isla de Pinos
una fiesta de caminos
en el mapa de un diamante.
La jaula del consonante
suelta mi mejor paloma
y es para ver si se asoma
la mano de Naborí
con la pluma de Martí
para firmarle un diploma.
Dice Naborí que él casi no podía creeerlo. Digo yo, que yo tampoco, si no fuera porque lo contaban él, Eloína, mi padre y por una foto que conservamos en casa, donde la cara de los músicos y del propio Gigante eran todo un poema.
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Otra de infancia: cantando con Pablo León
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Comentarios: 2
Ercilia (miércoles, 16 febrero 2011 15:01)
Alexis, prometo ayudarte con algunas cosas tuyas que tengo grabadas. Tu titánica tarea así lo amerita!!
Alexis Díaz Pimienta (lunes, 30 mayo 2011 14:33)
Gracias, Ercilia. Sabes que apreciareos mucho cuanta hagas. Un abrazo muy grande desde lejos.